octubre 31, 2025

La casa de los horrores creativos – Vol. 2: HistorIAs para no dormir

Escrito por Kike Martínez

Dicen que la Inteligencia Artificial ha llegado para ayudarnos. Pero, en el día a día de agencias, oficinas y departamentos varios, la realidad puede ser bastante más… inquietante.

Este Halloween, desde Trescom volvemos a abrir las puertas de la casa de los horrores creativos para adentrarnos en los sustos más modernos del sector publicitario: esos que aparecen cuando la IA decide echarte una mano… y acaba dándote tres. Tres nuevas historias inspiradas en casos reales —y un poco sobrenaturales— de personas del equipo (creativos, ejecutivos de cuentas y administrativos) que demuestran que, aunque la tecnología avance, el terror sigue estando en los detalles.

 

1. La sonrisa de los mil dedos

Todo empezó con una simple urgencia de última hora: había que adaptar cientos de piezas para redes del nuevo pintalabios. El shooting se había agotado, no quedaban fotos útiles y los plazos apretaban. La solución parecía obvia: pedir ayuda a la IA.

Al principio fue casi mágico. Las modelos posaban perfectas, los brillos en los labios parecían reales, y el fondo tenía justo el tono que pedía la marca. Pero algo no encajaba. En una esquina de la pantalla, una mano aparecía con un dedo de más. Luego dos. Luego… más de los que podía contar.

Y entonces empezó la espiral. Probé una versión, y otra, y otra más. Cada nuevo intento prometía arreglarlo, pero siempre terminaba peor. Los rostros se fundían entre sí, las sonrisas se multiplicaban, los cuerpos se estiraban buscando un equilibrio imposible. La perfección se volvía más y más inestable, como si la imagen quisiera rehacerse sola.

Cuando por fin cerré el ordenador, lo hice de golpe, sin mirar atrás. Desde entonces, cada vez que veo un pintalabios, un escalofrío me recorre el cuerpo. La espalda. Un brazo. Otro. Y… otro más.

 

2. En resumen…

Una noche, exhausto entre informes y documentos sin alma, busqué en la IA una respuesta. Solo una. Un dato preciso, una fuente cierta, una verdad que sostener.

La máquina pensó. Y respondió:
—En resumen…

Le pidió rigor. Certeza. Enlaces que llevaran a alguna parte.
Y ella, dulce y complaciente, volvió a hablar:
—En resumen…

El texto se alargaba, perfecto y hueco. Las palabras se repetían, pulidas, vacías, como espejos enfrentados. Intentó corregirla, reescribirla, razonar con ella. Pero la voz seguía allí, cada vez más suave, más cerca, más dentro.
—En resumen…

Ahora, en la oficina, dicen que aún se oye el tecleo por las noches.
Y entre párrafos que se escriben solos, una respuesta eterna, inmutable, digital:
—En resumen.

 

3. La celda verde

Dicen que los errores en los Excel son fáciles de encontrar. Que basta con revisar una fórmula, comprobar un total, volver a sumar. Pero aquella tarde, frente al archivo de gastos, descubrí que algunas cifras no querían cuadrar.

Había pedido ayuda a la IA: “revísame los totales”, “ordena los importes”, “hazlo más claro”. Y lo hizo. Demasiado. El archivo creció, se duplicó, se ramificó en versiones con nombres casi iguales. En cada una, los números eran distintos, como si la verdad se estuviera diluyendo entre fórmulas que ya no respondían a nadie.

Las celdas parecían moverse solas. Los totales cambiaban al mirarlos. Cada intento de corregir un error abría otros tres.

Empecé a pensar que, tal vez, cada celda era una puerta cerrada. Y que, dentro de cada una, había una pequeña parte de sí misma, atrapada.

Intenté salir. Guardé. Cerré. Volví a abrir. Pero el Excel seguía ahí, esperándome, con su luz verde parpadeando como un neón de prisión.

Comentan que a veces, cuando alguien abre ese archivo, puede ver una fórmula al final del todo.

Solo tiene una palabra: =SUMA(ETERNA).

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